El golpe es durísimo para los hinchas argentinos, pero nadie podrá decir que no se hizo justicia. España, con un fútbol de alto vuelo, fue un listón demasiado alto para la selección nacional en una final muy despareja, y gritó campeón del mundo por segunda vez en la historia. Lo logró tras batallar por más de dos horas contra una resistencia albiceleste a la que le sobró voluntad pero le faltó fútbol, después de un torneo que le exprimió todas las reservas físicas. El quiebre definitivo llegó apenas comenzado el segundo tiempo suplementario, con un gol de Ferrán Torres que estableció el 1-0 final.
Dieciséis años demoró el segundo título para La Roja, después de aquella primera conquista en Sudáfrica 2010 con el gol de Andrés Iniesta en la final con Holanda. Un tiempo en el que la selección ibérica pasó sin pena ni gloria por los mundiales, con actuaciones siempre por debajo de su potencial y eliminaciones tempranas. Debió esperar a que se conjugara otra generación de jóvenes jugadores con enorme talento, inteligencia táctica y carácter competitivo, con un guía a la medida, el DT Luis de la Fuente. Y hasta lo hizo sin sacar todo el provecho esperable de su gran promesa y estrella, Lamine Yamal, que a los 19 años se convirtió en el tercer jugador más joven en ganar una final mundialista, después de Pelé (con Brasil, en 1958, a los 17 años) y Giuseppe Bergomi (con Italia, en 1982, a los 18).
Merece todo el crédito el gran fútbol que mostró España a lo largo de la Copa, especialmente cuando llegaron los choques más desafiantes, frente a las potencias. El comienzo del camino no había sido alentador, con lo que en su momento fue un gran batacazo, aquel 0 a 0 contra la ignota Cabo Verde en el debut de ambos por el Grupo H. Pero rápidamente los africanos demostraron que no merecían ser subestimados y se convirtieron en la revelación del torneo, a duras penas eliminados por la Argentina en dieciseisavos de final. A partir de allí, partido a partido el juego español fue fluyendo cada vez con más brillo; los actuales campeones de Europa sucesivamente se deshicieron con autoridad de dos candidatos como Portugal y Francia, además de Austria y Bélgica.
Y en la final con el vigente campeón, a la que llegaba como favorito, España repitió esas actuaciones colectivas impecables. Con su clásico control de pelota y una presión organizada sobre los jugadores argentinos, dominó por completo el desarrollo durante todo el partido, al punto de que la Argentina no registró un solo remate al arco en los noventa minutos. Pero el gol español no llegaba.

El equipo de Lionel Scaloni se limitaba a aguantar y a encomendarse a las manos de Dibu Martínez, que salvó el arco varias veces; más aún cuando se quedó con diez hombres por la expulsión de Enzo Fernández, por doble tarjeta amarilla. La insistencia de España recién encontró premio en el comienzo del segundo tiempo suplementario: tras un centro pasado desde la derecha que superó a Molina, Nico Williams dejó, de cabeza, la pelota servida para la entrada solitaria de Ferrán Torres, que puso el 1-0 con un zurdazo alto y violento.
Extenuado, con lo último que le quedaba, la Argentina intentó otra remontada heroica y por poco no consiguió el empate cuando una pelota le quedó a Giuliano Simeone en el área, solo, pero su derechazo salió alto. No había nada más que hacer. Con justicia, España concretó la victoria que había buscado toda la tarde. Para el equipo argentino fue un cierre opaco, distante de lo que ofreció en sus reacciones épicas de partidos anteriores, pero la verdad es que fue un conjunto vulnerable que sufrió en todos su partidos, incluso ante rivales potencialmente inferiores. Esta vez no hubo margen para una aparición inspirada de Lionel Messi, que así y todo completó un Mundial -seguramente el último para él- extraordinario para sus 39 años; si la selección llegó hasta donde llegó, en buena medida se lo debió a su inspiración inigualable.
España borda su segunda estrella tras un recorrido impactante, en el que solamente le marcaron un gol (Bélgica, en los cuartos de final). Se abre el reinado de un equipo joven, potencialmente capaz de dominar la escena internacional por mucho tiempo, ahora con la vista puesta en la próxima cita ecuménica de 2030, en la que, además, será local. Un panorama envidiable por donde se lo mire.
