El gran candidato era Francia… hasta que apareció España. En la continuidad de una paternidad moderna del seleccionado ibérico sobre Les Bleus, que data ya desde hace varios años, la Roja derrotó con toda justicia a los franceses por 2 a 0 en la primera semifinal de la Copa del Mundo, en Atlanta, y alcanzó la segunda final mundialista de su historia, tras la que ganó en 2010, en Sudáfrica. Para Inglaterra y Argentina, protagonistas de la otra semifinal, la gran actuación española aparece ahora como un escollo gigantesco hacia sus aspiraciones de buscar el título.
Francia llegaba como favorito por su descomunal poder ofensivo y la jerarquía de varias de individualidades que atraviesan por su mejor nivel, con Kylian Mbappé como emblema y goleador. Pero sabía que en el estilo de juego de los españoles, en ese control de la pelota de sus mediocampistas y de todo el equipo en general, podía encontrar el mayor de los obstáculos con los que se había topado hasta ahora. Y así fue. Después de unos primeros minutos en los que aún era difícil entrever el desarrollo del partido ni cuál de los dos tomaría el control, llegó una acción que, a la larga, terminó siendo un quiebre. Un pelotazo cruzado de Cucurella al área francesa encontró la cabeza de Digne, que en lugar de mandar la pelota afuera, lo que habría sido lo más aconsejable, la dejó en juego; ahí merodeaba Lamine Yamal, que con astucia vio el error del defensor y lo atacó en el área. Sin verlo, Digne se dio vuelta y, con la intención de despejar, lo golpeó con violencia. Penal, que Mikel Oyarzábal ejecutó con frialdad y precisión.
La ventaja le dio la calma necesaria a España para desplegar su plan, que consistía, básicamente, en su juego de siempre: tener la pelota con paciencia y buscar la desesperación de su rival y los huecos para atacarlo. El temible Francia sufría la impotencia de no poder hacer lo que sabe porque no conseguía la pelota, y menos abastecer a sus figuras de ataque.
En ese contexto, Mbappé era uno más, sin posibilidades de desequilibrar a la defensa española. Y los que empezaban a brillar eran los volantes españoles, muy especialmente Rodri, que jugó un partido consagratorio. El crack de Manchester City movió los hilos de España con una claridad y precisión superlativas, y mientras España hacía circular la pelota de manera impecable aumentaba la frustración de los, hasta hoy, subcampeones del mundo.
Sobre la mitad del segundo tiempo pareció que Francia conseguía salir de la presión española y compartir un poco más la posesión; se acercó al arco de Unai Simón, pero España -además, con otra soberbia tarea de sus centrales, Cubarsí y Laporte- se mantenía al acecho. Y poco después aplicó el mazazo definitivo. Lo hizo con una acción acorde a su gran partido: sobre la derecha, Pedro Porro entró solo en el área francesa tras una perfecta pared con Dani Olmo y definió junto a un palo del arquero Maignan.
Si la desventaja de un gol era una ladera muy difícil de trepar para Francia, el 0-2 ya parecía una misión imposible. Tal vez nada ilustró su frustración y su impotencia como el empellón de Mbappé al arquero Unai Simón, una acción sin sentido que le valió una tarjeta amarilla al astro del Real Madrid. Los últimos intentos de Dembelé, sin fe, consumieron las pocas chances de los franceses, en medio de los festejos adelantados de los hinchas españoles en las tribunas del AT&T Stadium.
Dieciséis años después, España vuelve a estar en la final de la Copa del Mundo. Llega en alza, con demostraciones colectivas que mejoran en cada partido y un arco que apenas recibió un gol durante todo el torneo (el de Bélgica, en los cuartos de final). Argumentos para aspirar a su segunda consagración no le faltan. Argentina e Inglaterra tienen ahora la palabra.
