Otra mirada. El que abandona no tiene premio: la nobleza de amar el fútbol

No importa raza, religión ni color, la pasión por el deporte excede cualquier superficialidad y vuelve a las raíces de lo que es: un juego

La felicidad no entiende de césped ni de calzado.

Dos piedras como arco y una pelota que ruede eran suficientes para desatar un superclásico. Cualquier espacio vacío -aunque fuera irregular- era un escenario ideal para que la pasión despejara un gol sobre la línea o la creatividad intentara algún firulete que practicó durante horas en el reducido patio de su casa.

Con el paso del tiempo, la industrialización del fútbol traspasó los límites de las corporaciones deportivas y llegó hasta ese lugar inexpugnable que parecía ser los potreros. Ya los botines tenían que ser de colores flúor y las piedras fueron reemplazadas por césped sintéticos de distintos gramajes con caucho que simula la esponjosidad de un pedazo de pasto natural. Y si bien no está mal «aggiornarse» a lo nuevo, a veces da la sensación de que con las canchas de tierra se han ido los gambeteadores, los audaces que encaran al defensor y lo obligan a recular hasta caerse.

La nostalgia de ver cada vez menos firuleteros en las primeras divisiones, sumado al impacto de las redes sociales, hizo que lo que pasa en el otro extremo del mundo llamara la atención de muchos. En este último tiempo se hicieron virales muchos videos que muestran cómo se juega al fútbol en el continente africano.

El desparpajo con el que se los ve jugar a jóvenes en las primeras divisiones de las ligas africanas, a más de uno le roba una sonrisa. Verlos cómo ensayan especies de coreografías, tanto alrededor como por encima de la pelota, convierte a los partidos en espectáculos de entretenimiento que dejan al gol en segundo plano. En escenarios humildes donde prima la tierra y los pozos, la extravagancia se ve dentro de lo que a veces es una cancha delimitada por un público que festeja con saltos y gritos las alocadas jugadas de los artistas.

Es otro fútbol. En diversos espacios de África la pelota casi nunca sale de la cancha y se cometen pocas faltas. No existe “la mala leche ni el sobrador”, todo es parte de un espectáculo en el que lo único que se respira es alegría.

En Angola se habla portugués, tal vez ese sea un motivo por el que se juegue una especie de «Jogo Bonito» como en la Canarinha de Brasil. En este país africano los hinchas celebran más los amagues, túneles, sombreritos y lujos que los mismos goles. Las imágenes virales permiten apreciar que los jugadores se dedican todo el tiempo a mostrar sus mejores dotes con la pelota -que raras veces es una número 5 certificada por FIFA- sin pensar mucho en el arco contrario. Cuanto más lujo, más desenfreno de los hinchas, al punto de llegar a invadir el campo de juego que ellos mismos delimitaban.

Otro torneo callejero que rompe esquemas es el que se juega en Perú, no por sus lujos sino por la violencia de los jugadores y por la movilización social que genera. Lo que fue un acto de rebeldía ante la prohibición de jugar al fútbol declarada por el gobierno defacto de Manuel Arturo Odría cuando se jugaba el mundial de Brasil 1950, se convirtió en un clásico llamado Mundialito del Porvenir que alcanza su punto máximo cada 1° de mayo. Es un torneo que los propios aficionados y protagonistas definen como un lugar donde se juega el verdadero “fútbol para machos”, en referencia a la rudeza que se ve en los partidos. Los que no la tienen nada fácil son los árbitros, que por su bien se limitan a cobrar los goles y alguna falta que ponga en riesgo de vida a algún jugador… el resto, siga siga.

Estas ligas permiten dar cuenta que en distintas partes del mundo el fútbol no necesita de todas sus reglas profesionales para ser divertido. Y aunque la FIFA se tire los pelos al ver este material, la felicidad por el juego no se negocia. Algunos líricos y otros rústicos, lo que dejan en claro es que la esencia del fútbol es la diversión, el orgullo de defender a un equipo y el compañerismo dentro de la cancha. Razones que nunca deben perderse por más luces que encandilen.

Bruno Mariano, Calabrese Marcos, Gaetán César