A esta altura, salir de casa sin el teléfono es como salir sin un brazo; uno se siente como desnudo. Los números que manejan las encuestas son una locura ya que nos pasamos entre seis y ocho horas por día con la cara pegada a alguna pantalla. Saltamos de la computadora en el trabajo o la facultad, al celu en el colectivo, y de ahí a la tele a la noche. La línea entre estar «conectado» y simplemente vivir ya directamente no existe.
El tema es que esto no nos sale gratis, y el cuerpo avisa. Lloran los ojos de tanta luz azul, duele la espalda, y a la noche se dan mil vueltas en la cama porque la cabeza está a mil. Pero lo más pesado pasa por el lado psicológico. Las aplicaciones no son inocentes, están hechas para que sea difícil soltarlas. Cada ruidito o notificación es un golpe de dopamina que deja enganchado. Por eso hoy nos cuesta horrores leer algo largo o concentrarse en una sola cosa sin agarrar el teléfono aunque sea solo un segundo para ver si alguien escribió.
Tampoco se trata de ir a vivir al medio del bosque y tirar el módem por la ventana. El tema pasa por usar el sentido común, o lo que ahora los especialistas llaman «limpieza digital». Son reglas simples que cambian un montón, ya sea no llevar el celular a la mesa al comer, silenciarlo un rato antes de ir a dormir o simplemente dejarlo cargando en otro cuarto. Es la única solución que queda para recuperar un poco de nuestro tiempo y que la tecnología nos sirva a nosotros, y no terminar siendo nosotros los esclavos de la misma.
Bautista Olivera, 2° A TT
