El conflicto armado entre Irán, Estados Unidos e Israel atraviesa uno de sus momentos más críticos desde su inicio el 28 de febrero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron una ofensiva aérea coordinada sobre territorio iraní. La operación, dirigida contra instalaciones militares y nucleares, marcó una escalada sin precedentes en la tensión regional y desató una respuesta inmediata de Teherán.
Desde entonces, la guerra se expandió más allá de las fronteras iraníes. Irán respondió con ataques con misiles y drones contra Israel y bases militares estadounidenses en Medio Oriente, además de amenazar rutas clave como el estrecho de Ormuz, vital para el comercio mundial de petróleo.
En paralelo, el conflicto se extendió al Líbano, donde Israel aumentó los bombardeos contra posiciones de Hezbollah, aliado de Irán, provocando miles de víctimas y aumentando el riesgo de una guerra regional más amplia.
Mientras tanto, la población civil enfrenta las consecuencias más duras. Testimonios desde Irán reflejan miedo, desplazamientos y una creciente crisis social, en un contexto donde también insisten tensiones internas y represión política.
En el plano diplomático, Irán propuso recientemente un plan de paz en tres etapas que incluye el cese de hostilidades y negociaciones sobre su programa nuclear, aunque las diferencias con Washington y Tel Aviv siguen siendo profundas.
La comunidad internacional observa con preocupación. Analistas advierten que, de no alcanzarse una solución negociada, el conflicto podría escalar aún más y afectar la estabilidad global, tanto en términos políticos como económicos.
