Un puma interrumpió la rutina de Cayastá

El silencio de la mañana en la tranquila localidad de la costa santafesina se rompió cuando el felino apareció posado sobre un árbol dentro del patio de una vivienda; el hecho generó un operativo que puso en tensión a toda la cuadra.

No era la primera vez en pocos días. Apenas 48 horas atrás, otro suceso había ocurrido en una casa de la misma calle. Aquella vez también intervino la fuerza rural, se cercó la propiedad, y todo terminó sin incidentes. Pero la repetición de situaciones similares transforma al evento aislado en un síntoma inquietante.

El episodio comenzó cuando la fuerza rural recibió un aviso, cerca de las 9:50 de la mañana, sobre la presencia de un felino en una vivienda de calle Hernandarias. Al llegar, los agentes se encontraron con algo difícil de creer: el puma, sereno, se balanceaba en las ramas, observando a los humanos desde su refugio en el follaje. Nada de gritos, ataques ni muestras de estrés, una imagen extraña en un escenario tan doméstico.

Mientras tanto, los curiosos se acercaban, impulsados por la incredulidad. En ese momento intervinieron especialistas de Granja La Esmeralda, que recomendaron mantener distancia, evitar movimientos bruscos y, sobre todo, no intentar atrapar ni ahuyentar al animal. La prioridad era garantizar tanto la seguridad vecinal como el bienestar del puma.

Que un animal con semejante peligro llegue hasta una vivienda y se quede tranquilo en un árbol, no puede explicarse solo como un episodio aislado. En los últimos meses, otros casos similares sucedieron en la provincia: felinos hallados en patios, escondidos entre plantas o bolsas, o caminando por calles de zonas residenciales.

Ese corrimiento de la fauna hacia zonas humanas pone en evidencia dos realidades: la pérdida o fragmentación de espacios naturales ,que empuja a los animales hacia áreas urbanas, y la falta de conciencia del riesgo que supone tanto para los vecinos como para los propios animales. “No hay que provocarlos, ni perseguirlos. Hay que avisar inmediatamente a las autoridades”, repiten desde Granja La Esmeralda.

En Cayastá, por unos minutos, ese límite entre naturaleza y ciudad dejó de existir. Un puma, criatura solitaria, territorial y ajena a los lugares domésticos, posó su mirada sobre una casa o un jardín, no sobre un monte.

Las ramas crujieron bajo su peso, los ladridos de perros alertaron a la dueña, y el asombro viajó por WhatsApp, por redes, por mensajes de voz entre vecinos. Y detrás del gesto de filmar, escondido entre la curiosidad y el miedo, apareció un aviso silencioso: nuestros muros ya no bastan para contener a lo salvaje.

Aquella mañana, un árbol dejó de ser sólo un árbol, y se convirtió en un puente entre dos mundos. La recomendación oficial sonó al unísono: no correr, no ahuyentar, no tocar. Avisar, y conservar la distancia. Porque en ese cruce reside el respeto y la prudencia hacia lo imprevisible.

Santiago Duque, 2° A TT