Noche de furia en Mar del Plata por una entradera

La tranquilidad en la zona se quebró cuando un grupo armado ingresó a una casa y sembró terror: un menor recibió un disparo, un nene enfrentó un arma en la cabeza y una familia entera quedó atrapada en una escena que aún no puede olvidar.

La madrugada del domingo quedó grabada como un instante de horror para una familia del barrio 2 de Abril, en Mar del Plata. Eran cerca de las dos cuando la tranquilidad del hogar se quebró con violencia. Una patada brusca contra la puerta marcó el inicio de una entradera tan rápida como brutal: al menos seis atacantes, encapuchados y armados, ingresaron a la propiedad con una determinación que no dejó espacio a la resistencia.

El dueño de casa fue el primero en ser reducido. Lo golpearon sin miramientos y lo obligaron a tirarse al piso mientras exigían dinero y objetos de valor. El caos avanzó entre gritos, amenazas y la desesperación de los presentes. En medio del tumulto, uno de los asaltantes tomó al niño de cinco años y le apoyó el arma en la cabeza, un gesto que paralizó a todos y dejó a la familia entera al borde del colapso. El pequeño lloraba sin entender lo que sucedía; la escena era una combinación desgarradora de miedo, violencia y absoluta indefensión.

El adolescente de 16 años intentó intervenir, quizás en un acto instintivo para proteger a su hermano menor. Ese movimiento desató un disparo. La bala perforó su hombro y cayó al suelo mientras los delincuentes continuaban revisando el lugar. El estruendo del arma terminó de convertir el episodio en un infierno doméstico.

Los agresores escaparon casi con la misma velocidad con la que habían entrado. Se llevaron dinero y un teléfono celular, aunque el botín parecía secundario frente a la violencia con la que manejaron cada segundo de la irrupción. La familia quedó rodeada de destrozos, sangre y un silencio atroz que contrastaba con el torbellino de la escena anterior.

En cuestión de minutos, el padre tomó a su hijo herido y lo trasladó al Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA). Al llegar, el adolescente recibió asistencia inmediata. Pese al impacto de la bala, los médicos confirmaron que estaba fuera de peligro y que el daño, aunque grave, no comprometía órganos vitales. Tras las curaciones y estudios de rutina, fue dado de alta horas más tarde, aunque la marca emocional resultó mucho más profunda.

Mientras esperaba noticias de su hijo, el hombre grabó un video que luego se viralizó. Aparecía desencajado, dominado por la angustia y la impotencia. En esas imágenes lanzó un mensaje directo a los responsables del ataque, prometiendo buscarlos uno por uno. Su reacción reflejaba no solo el dolor por lo ocurrido, sino también la sensación de abandono que experimentan tantas familias que atraviesan hechos similares.

La investigación quedó en manos de la fiscalía especializada, que caratuló la causa como “robo agravado por el uso de arma de fuego, cometido en poblado y en banda, y lesiones”. Personal de la subcomisaría Camet y agentes de Policía Científica trabajaron en la recolección de pruebas, realizaron peritajes en la vivienda y buscaron cámaras en la zona para reconstruir el recorrido de la banda. Hasta el momento, sin embargo, no hay detenidos ni sospechosos identificados.

El ataque reavivó la preocupación de los vecinos, que aseguran que la inseguridad en la zona creció en los últimos meses. Varios residentes relataron que los robos violentos se volvieron habituales y que la presencia policial es insuficiente en las horas nocturnas. La entradera, por su gravedad, se transformó en un caso emblemático que expone un problema mucho más amplio: la vulnerabilidad cotidiana de las familias trabajadoras, que de un día para otro pueden perder la sensación de resguardo dentro de su propio hogar.

El terror vivido esa noche dejó secuelas invisibles pero persistentes. El niño que quedó frente al arma de un desconocido carga ahora con un recuerdo difícil de procesar; su hermano mayor deberá atravesar una recuperación que va más allá de la herida física; los adultos intentan recomponer un espacio que dejó de sentirse seguro. Son marcas que el tiempo suaviza, pero no borra.

Mientras la causa avanza lentamente y la familia intenta reorganizar su vida, la entradera de Mar del Plata se suma a una larga lista de episodios que reflejan un fenómeno inquietante: la violencia extrema como respuesta inmediata de grupos delictivos cada vez más temerarios. En esa dinámica, los hogares quedan expuestos, las infancias quedan vulneradas y la comunidad se acostumbra a convivir con la amenaza constante.

Lo ocurrido en la casa del barrio 2 de Abril no es solo una noticia policial. Es un recordatorio de la fragilidad de la vida cotidiana y del impacto emocional que pueden dejar ocho minutos de violencia. Una escena desbordada que empezó con un ruido en la puerta y terminó con un chico baleado, un nene atemorizado y una familia que hoy intenta, como puede, recomponer aquello que una banda armada les arrebató en cuestión de segundos.

Ariel Pérez Evans, 2° A TT