La noche porteña siempre promete historias, pero algunas se derrumban en segundos. Eso le ocurrió al hombre que, tras conocer a una joven en un bar de Palermo, creyó estar iniciando una aventura y terminó despertando en su propia casa sin fuerzas, sin recuerdos claros y sin varios de sus objetos personales. Su encuentro con una mujer que se hacía llamar “Zoe” se transformó, horas más tarde, en una escena que ya tiene nombre en los tribunales: modalidad “viuda negra”.
Naiara Denise Darriba, de 24 años, fue detenida recientemente luego de una investigación que atravesó barrios, cámaras, redes y una larga secuencia de pistas mínimas. La Policía Federal reconstruyó casi cada paso: la cita inicial en Niceto Vega, el regreso pactado nueve días después, la botella que ella llevó al departamento, el trago compartido y el derrumbe abrupto de la conciencia de la víctima. Cuando él recuperó el conocimiento, faltaban su celular, dinero, una consola de videojuegos y otros elementos que ella había tomado con precisión quirúrgica antes de huir.
Los investigadores la rastrearon durante meses. Encontraron perfiles falsos, rutinas cambiantes y movimientos calculados para evitar ser detectada. Finalmente, cayó en Villa Luro tras tres allanamientos ordenados por el juez Martín Yadarola. En uno de ellos, hallaron objetos que vinculan directamente a la joven con el robo denunciado.
Este tipo de casos, lejos de ser aislados, va formando un mapa inquietante: mujeres jóvenes que seducen, invitan, sirven una bebida alterada y vacían departamentos mientras sus víctimas permanecen inconscientes. No siempre aparecen denuncias ya que muchas víctimas callan por vergüenza o confusión. Pero cuando los expedientes emergen, dibujan un patrón claro y persistente.
La detención de Darriba vuelve a encender las alertas sobre algo más profundo que un delito puntual: la vulnerabilidad que se esconde detrás de una salida casual, una copa compartida o la ilusión de confianza inmediata. Bajo esa apariencia amable se oculta, a veces, una operadora paciente, capaz de convertir un gesto cotidiano en una trampa.
La investigación ahora evalúa si podría haber actuado con cómplices o en otros episodios. Lo cierto es que el caso ya no es solo una historia policial: funciona como advertencia. En una ciudad llena de encuentros espontáneos, la línea entre un posible romance y el peligro de una trampa puede ser muy fina.
Santiago Duque, 2° A TT
