El ingreso número un millón se vivió con emoción. Dos familias, una oriunda de Buenos Aires y otra llegada desde Madrid, fueron las protagonistas de una celebración organizada por la administración del Parque, en la que se entregaron regalos, se tomaron fotografías y se destacó el valor colectivo de ese momento. El intendente del Parque Nacional Iguazú, José María Hervás, encabezó el acto y remarcó que este hito es el resultado de una sinergia constante entre organismos estatales, el sector privado y la comunidad local que vive y trabaja en torno al turismo. “No se trata solo de contar personas. Detrás de cada visitante hay una experiencia única, una conexión con la naturaleza y un aporte concreto al desarrollo de la región”, expresó Hervás, en declaraciones que resumen la filosofía de una gestión que apuesta por un turismo sustentable, inclusivo y con identidad.
La marca, que se alcanzó dos meses antes que en 2024, representa un crecimiento del 20 % en la afluencia de visitantes y refleja una tendencia que parece no tener techo.
Desde su creación en 1934, el Parque Nacional Iguazú se ha transformado en mucho más que una atracción turística. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1984, el área protegida es uno de los últimos bastiones de la selva paranaense, un ecosistema de altísima biodiversidad que alberga especies emblemáticas como el yaguareté, el tapir, el mono caí, el tucán grande y una amplia variedad de aves, reptiles y anfibios. Con 67.000 hectáreas de selva, senderos y saltos de agua, el parque ofrece no solo una experiencia visual imponente, sino también la posibilidad de comprender el valor ecológico de uno de los paisajes más fascinantes del planeta. En junio, la aparición de una cuica lanosa —un marsupial poco frecuente en territorio argentino— recordó que Iguazú no es un parque temático: es un ecosistema vivo, dinámico y todavía en buena medida inexplorado.
El corazón del parque, por supuesto, lo ocupan las Cataratas del Iguazú: una serie de más de 160 saltos que se desploman con furia sobre el río homónimo, creando una postal natural que ha sido elegida como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo. La Garganta del Diablo, con sus 80 metros de caída libre y su estruendo permanente, es el punto más visitado, fotografiado y reverenciado del parque. Allí, miles de turistas llegan cada día para experimentar esa mezcla de asombro, pequeñez y conexión con una fuerza natural difícil de describir. Y sin embargo, esa experiencia es solo una parte del impacto que genera Iguazú.
El movimiento turístico que genera el parque nacional se traduce directamente en desarrollo regional. Cada visitante deja su huella económica: desde la reserva de alojamiento hasta las comidas en restaurantes, los traslados, las excursiones, las compras de artesanías o la contratación de guías. En Puerto Iguazú, ciudad vecina al parque, más de la mitad de la economía depende directa o indirectamente del turismo. El millón de visitantes implica miles de puestos de trabajo sostenidos, nuevos emprendimientos que se animan a surgir y una red de servicios que crece al ritmo de la demanda. El desafío, sin embargo, es doble: seguir promoviendo el desarrollo económico sin poner en riesgo el capital natural que lo hace posible. Por eso, las autoridades del parque trabajan con una mirada estratégica que prioriza la conservación, regula el acceso y promueve buenas prácticas ambientales entre los operadores y los visitantes.
En ese marco, el Parque Nacional Iguazú ha logrado posicionarse también como un modelo de gestión integral del turismo de naturaleza. No solo por su infraestructura —que incluye pasarelas accesibles, transporte ecológico y señalética multilingüe— sino también por la manera en que articula conservación y experiencia turística. A diferencia de otros destinos de masas, donde el impacto ambiental suele ser difícil de contener, Iguazú ha demostrado que es posible ofrecer calidad sin resignar cuidado. El trabajo conjunto con organismos científicos, ONGs ambientalistas y comunidades locales ha permitido monitorear la biodiversidad, implementar planes de manejo, reintroducir especies y generar conciencia en cada paso que da el visitante.
El carácter internacional del parque es otro de los elementos que se consolida año tras año. La presencia de una familia española entre los homenajeados del millón no es un hecho anecdótico. Iguazú recibe turistas de todas partes del mundo, especialmente de Europa, Estados Unidos, Brasil y países del Mercosur. En sus pasarelas se escuchan acentos diversos, se cruzan lenguas y se comparten gestos universales de asombro. La imagen de un grupo de japoneses admirando un arco iris sobre los saltos, o de una pareja francesa fotografiando un coatí curioso, forma parte del paisaje cotidiano del parque.
Ese magnetismo global se amplifica con la agenda de eventos internacionales que el parque comienza a incorporar. Uno de los más destacados será el October Big Day 2025, el mayor encuentro mundial de observación de aves, que se celebrará el 11 de octubre y tendrá a Iguazú como uno de sus escenarios principales. Con más de 400 especies registradas en la zona, el parque se posiciona así como destino de ecoturismo especializado, abriendo nuevas posibilidades para un público que busca experiencias auténticas, sostenibles y con valor científico.
Así, el millón alcanzado en agosto no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Las proyecciones indican que el 2025 cerrará con una cifra superior al 1.300.000 visitantes, lo que representaría un nuevo récord histórico. Pero más allá de las estadísticas, lo que perdura es la experiencia. Cada persona que cruza los portones del parque se lleva algo más que una foto frente a las cataratas: se lleva el recuerdo de una fuerza natural que no se puede replicar, la sensación de haber estado en un lugar que pertenece al mundo entero, y la conciencia , a veces nueva, a veces reforzada, de que la naturaleza necesita ser cuidada para seguir maravillando.
El Parque Nacional Iguazú no es solo un emblema turístico. Es un símbolo vivo de lo que Argentina puede ofrecer cuando naturaleza, comunidad y gestión trabajan en la misma dirección. Y en un mundo que cada vez valora más lo auténtico, lo salvaje y lo esencial, ese millón de pasos sobre las pasarelas no son solo números: son una declaración de futuro.
Ariel Pérez Evans, 2° A TT