Turismo porteño: un circuito de humor al aire libre

El paseo de la historieta se convirtió en un ícono turístico que abarca los barrios de San Telmo, Monserrat y Puerto Madero. Allí se rinde homenaje a aquellos personajes que marcaron un hito en el comic argentino.

Mafalda y sus amigos los protagonistas del paseo de la historieta en la esquina Defensa y Chile en el barrio de San Telmo

“Me acuerdo que cuando era chico le pedía el diario a tu abuelo para mirar las viñetas”, dijo un señor de unos 40 años al muchacho que estaba a su lado frente a la escultura de Diógenes y el Linyera en Puerto Madero (cerca del Museo del Humor ex cervecería Múnich), mientras yo me acomodaba para sacar una foto del personaje. Esta es una de las tantas anécdotas, parecida a tantas otras, que podemos escuchar en este paseo que recrea los recuerdos de historietas que acompañaron la infancia (un poco más también) de muchos argentinos. Entre ellos nos encontramos con la imagen de Larguirucho y Super Hijitus de Manuel García Ferre, cerca Matías, el niño preguntón de Fernando Sendra, luego por la calle Balcarce en el barrio de San Telmo se hace presente Don Fulgencio de Lino Palacio y Clemente, el de los papelitos en la cancha, de Caloi. Más adelante Patoruzú (el cacique tehuelche) junto a Patoruzito e Isidorito de Quiterno y Gaturro el gato sonriente y soñador que los niños abrazan con cariño. Ya llegando a Puerto Madero, sobresale la figura memorable de Inodoro Pereyra y su inseparable perro Mendieta creación de Fontanarrosa.

Inodoro Pereyra y su inseparable perro Mendieta (creación de Roberto Fontanarrosa). En Puerto Madero.

Aniversario 57 de la primera publicación de Mafalda

En el comienzo de este paseo, en la esquina de Defensa y Chile, una gran cantidad de gente hace fila para sacarse fotos con ella, seguramente la creación más afamada de Quino, que acompañada por sus amigos: Susanita y Manolito se roba todas las miradas con mezcla de emociones y recuerdos de una leyenda que aún sigue intacta en la memoria de muchos. Mafalda tuvo su primera aparición en una publicación del 29 de septiembre de 1964 desde allí se convirtió en un estandarte de la cultura por lo que representaba: una niña nacida en una familia tipo sin muchos recursos económicos; sincera, dulce, reflexiva, frontal y generosa. Alguien que en sus ideales se preocupaba por la justicia social, le gustaba filosofar de cualquier tema cotidiano y con el optimismo de salir adelante. Entre otras características estaba la de luchar por los sueños, en su caso aprender idiomas y trabajar de intérprete en las Naciones Unidas para contribuir a la paz mundial.

Marcos Ezequiel Calabrese