Matías Basualdo, del ascenso con amor

Matías Basualdo nació en el año 1990 en La Matanza, lugar donde vive hasta el día de hoy. Cuando era muy chico comenzó a jugar en las infantiles de Nueva Chicago. Lamentablemente dejaría de jugar en la novena categoría por el fallecimiento de su padre y con 13 años suspendería el fútbol por mucho tiempo. Él cuenta que se le hizo muy difícil volver a jugar y que gracias a su familia, uno de los pilares fundamentales de su vida junto con su mujer, pudo salir adelante. Luego de la dolorosa perdida, su madre, pudo salir adelante con el apoyo incondicional de sus hijos. Matías y sus hermanos, al terminar el secundario, comenzaron a trabajar para dar una mano a su mamá, algo que él valora y nunca dejó de hacer aun siendo jugador de fútbol.

A los 18 años volvió a jugar, probando suerte en Atlético Lugano, y luego de 10 partidos lo ascenderían al primer equipo. Debutaría en primera en 2009, jugando contra Deportivo Ballester y en cancha de Ferrocarril Urquiza. Basualdo jugaría allí hasta 2015 con un total de 193 partidos y 49 goles. Luego tendría un fugaz paso por Victoriano Arenas en la misma categoría, Primera D, donde solo jugaría 14 partidos para mudarse rápidamente a Club Social y Deportivo Liniers, su actual equipo. En el presente torneo está compitiendo por un lugar al ascenso a la Primera C del fútbol argentino, clasificados en la segunda posición, que lo pone en una buena ubicación de cara al reducido que da la posibilidad de subir de categoría.

La vida de Matías no fue fácil desde el fallecimiento de su padre. Al terminar la secundaria siempre buscó un trabajo para ganarse la vida porque aunque él era futbolista, no le alcanzaba con esa profesión, por lo que estudió y trabajó al mismo tiempo. Siempre piensa en el estudio y en prepararse para que el día de mañana cuando le toque dejar el fútbol, pueda estar capacitado para dedicarse a otra actividad. Dentro de los cursos estudiados hay dos en especial que se destacan. El primero lo hizo con 21 años, se inscribió a un programa del gobierno que consistía en el apoyo a jóvenes con algún problema económico o social, guiándolos por el camino de la educación. A pesar que el dinero era poco, a él le daba la oportunidad de seguir jugando al fútbol y de dar una mano en su barrio. El segundo lo ayudó a reforzar un trabajo que sigue haciendo en la actualidad, el curso de técnico de infantiles. Este trabajo, a pesar de que no tiene una remuneración económica, lo hace por gusto y para ayudar a los más chicos. Su ex técnico le ofreció manejar el club de su barrio y él aceptó: “El curso lo hice más que nada por ellos. Para poder tratarlos mejor, saber que pasa por sus cabecitas que absorben todo y transmitirle lo que uno sabe. Y también que ellos tengan la mayor cantidad de conocimientos posibles”, contó sobre la experiencia con los más pequeños.

En la actualidad vende ropa, algo que lo hizo toda su vida y le da un extra en lo económico, ya que la vida de futbolista de ascenso no es de lujo. Su opinión se basa en experiencia propia, de toda una vida jugando en el mismo ámbito, lo que vive él y muchos jugadores más:” El jugador de ascenso tiene que hacer malabares para llegar a fin de mes. Y aunque las infraestructuras y las herramientas sean diferentes a las de otras categorías, la calidad de los jugadores no es para envidiar. El jugador de la D tiene mucho amor propio y hambre de gloria. Porque se juega por el prestigio de uno mismo, lo que uno más valora y cuida. A la D le faltan detalles para ser profesional del todo, porque hay muchos jugadores, técnicos y gente capacitada, que por no estar en el momento justo, están jugando en esta categoría”.

El delantero de 28 años y con más de 200 partidos en la Primera D, está viviendo un gran momento en Liniers. A punto de comenzar el reducido y con la esperanza del equipo entero de conseguir algo histórico para su club, el ascenso.

 

Agustín Maipach, 2do. A TM