Argentina se alzó con un triunfo histórico ante Brasil

La silbatina se transforma en un tenso silencio, el saque de Wallace ya pasó la red y la recepción argentina se pone en marcha para dejarle la pelota arriba de la cabeza de Luciano De Cecco, el cerebro del equipo. Solé se estira en el aire buscando el primer tiempo, la combinación sale perfecta, bien aceitada, como a lo largo de toda la noche, un misil aire-tierra es disparado sobre el campo brasileño, Julio Velasco está ahí al costado de sus dirigidos, imperturbable como siempre, algunos ansiosos no se pueden contener y se les escapa un tímido festejo que es rápidamente callado por los más atentos y cabuleros espectadores, una mano contra el parqué retrasa la fiesta, ahora los locales deben prepararse para bloquear. Los centrales se mueven leyendo correctamente el desprolijo ataque rival. En las tribunas están todos de pie, todos posan los ojos sobre esa pared azul que se está erigiendo pegada a la red, Ramos y Solé son los que buscan detener el pelotazo que va a lanzar Mauricio, las manos argentinas sobrepasan la red y se ubican perfectas ante la pelota: no hay más remedio para los campeones olímpicos, se les va a cortar la racha ante el clásico sudamericano. El impacto en sus manos sale eyectado hacia el piso y esta vez nadie la ataja; 3 a 1. Ahora sí, a festejar.

Las nueve mil personas que coparon el Orfeo de Córdoba deliran, los gritos, cantos y abrazos se asemejan más a un estadio de futbol que a un fin de semana de la Liga Mundial de vóleibol. Impensado para muchos, salvo los testigos presenciales de este hecho histórico para el deporte argentino: después de 17 años se logra derrotar a Brasil. La primera vez en la Liga Mundial. La primera vez en suelo argentino con las reglas del vóley moderno. La primera vez contra el primer equipo de la potencia.

Para ir al último triunfo nacional, hay que remontarse a Sídney 2000. Allí, en los primeros Juegos Olímpicos del milenio, un grupo de jugadores encabezado por el gran Hugo Conte soñaba con subir al podio por segunda vez. El camino no había sido fácil, la clasificación en el último lugar del grupo los obligó al cruce más complicado en cuartos de final: Brasil. El rival que a priori hay que evitar pero a la vez con el que se quiere jugar siempre, las dos caras de la misma moneda. A veces ir de punto agranda a los deportistas argentinos y esa vez fue el caso. El invicto del rival y los antecedentes no pesaron y Argentina pisó fuerte en Oceanía. Victoria 3 a 1 y a soñar con una medalla. Brasil, el gran candidato, se iba de la villa olímpica con las manos vacías. Luego las semifinales antes los rusos serian un escollo imposible de superar y en el encuentro por la presea de bronce ante Italia otra derrota dejaría a los argentinos con sabor agridulce. No se pudo repetir la actuación de Seúl 88.

Aquella vez en los Juegos organizados por Corea del Sur, se alcanzaría la cumbre del voley nacional.

El tercer puesto con su medalla de bronce es un recuerdo imborrable que nos regaló la mejor generación de jugadores de nuestra historia. Hugo Conte, Jon Uriarte, Waldo Cantor, Raúl Quiroga, Daniel Castellani, entre otros, se dieron el lujo de ver desde arriba de un podio a Brasil. La “Generación 82” despachó por 3 a 2 al eterno contrincante en el partido por la tercera ubicación, inmortalizando ese 2 de octubre de 1988 como una fecha histórica del olimpismo argentino.

Con muchos de los hijos de esa gloriosa camada, hoy el seleccionado busca que las victorias ante Brasil se vuelvan habituales y en Córdoba se dio el primer paso.

 

Por Marcos Vernengo, Matias Foti y Alejandro Ulloa