La eutanasia solo es un derecho en cuatro países y en California

El caso de un menor en Holanda reabre el debate sobre la acción que acelera la muerte de un paciente terminal, con su consentimiento, con la intención de evitar sufrimiento y dolor

En Argentina, unos 2000 enfermos terminales piden eutanasia al año.

En Bélgica, Luxemburgo y Colombia la eutanasia está permitida legalmente al igual que en el estado de California, Estados Unidos. En otros países como Suiza o en algunos estados norteamericanos como Oregón, Washington, Vermont o Montana se decide a través de legislaciones difusas, vacíos legales o leyes que lo reconocen como “suicidio asistido”.

Pero el país más experimentado alrededor de este tema es Holanda, que ya lleva más de 30 años debatiendo sobre la eutanasia. El 1° de abril del 2002 entró en funcionamiento allí la “Ley de comprobación de terminación de la vida” con petición propia del enfermo terminal. Por el lado de los menores, de entre 12 a 16 años, se puede pedir con el consentimiento de los padres. Desde ese día, la opción por este método creció en un 73% en los Países Bajos.

El estado de la eutanasia en Latinoamérica.

Nuestro país convirtió en ley el derecho a muerte digna, rechazando las medidas de soporte vital, en mayo del 2012 con la aprobación de la Cámara de Senadores.

«La iniciativa no contempla ni la eutanasia ni el suicidio asistido, tiene que ver con una muerte digna, entendida como la preservación de la dignidad durante el proceso de muerte», había aclarado en esa ocasión el jefe del bloque de la Unión Cívica Radical, Luis Naidenoff.

Para conseguir que esta medida entre en acción, basta que el enfermo comunique su decisión al médico. En los casos en los que no sea capaz de comunicarse con el mundo exterior, el derecho de exigir una muerte digna para el paciente pasa a sus familiares o responsables legales.

Sin embargo, la ley detalla que cualquiera sea el caso, la negativa no significará la interrupción de acciones destinadas al adecuado control y alivio del sufrimiento del enfermo.

Nicolás Albino y Martín Feijóo