El balance del atletismo en los Juegos de Río

De las quejas de los maratonistas a la ilusión de Braian Toledo para Tokio 2020.

Cada vez que termina una cita olímpica llega el momento del balance para la Argentina. Y más allá de la mirada general sobre las emociones que regalaron el hockey masculino sobre césped, Paula Pareto en Judo, Juan Martín del Potro en tenis y la medalla dorada de Lange-Carranza en el yachting, hay un punto para detenerse: el atletismo.

Entre buenas actuaciones y otras tantas decepciones, surgen diversas preguntas al término de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. ¿Se tiene en el país la infraestructura acorde que el deporte requiere? ¿Es una cuestión meramente genética la que priva de tener grandes velocistas como Usain Bolt? ¿Será que no hay políticas públicas para despertar el interés por este deporte? Es una combinación de distintos aspectos que hace muy difícil poder llegar a un buen destino. Aunque el balance se hace cada cuatro años.

Por lo general, los deportes que no dejan réditos económicos no son tomados en cuenta por las autoridades y por lo mismos atletas. Muchos de los que hoy compiten lo hacen por una convicción propia y por el placer por practicar ese deporte más que por los dividendos que se perciba por él. Con la creación del ENARD, en 2009, se avanzó en este sentido. El Secretario de Deportes de la Nación, Carlos Javier Mac Alliste, habló al respecto: “La creación del ENARD fue una gran decisión pero con eso solo no nos alcanza, necesitamos mejorar la infraestructura. Tenemos como objetivo federalizar al deporte argentino. Trabajar en conjunto con la Secretaria y el ENARD permite que los recursos lleguen con mayor eficacia”.

¿Qué dicen los deportistas? Mariano Mastromarino, atleta de vasta trayectoria que ganó popularidad cuando se impuso en el Maratón de Buenos Aires en 2015, reflejó las dificultades que tuvieron los maratonistas para llegar a la cita de los Juegos de Rio 2016. El calificó como “una falta de respeto” lo que sufrieron de parte de la Confederación Argentina de Atletismo (CADA) al enviarle ropa más acorde para un ciclista que para un maratonista. “Creo que la Confederación necesita un gran cambio. Tienen que entender que el atletismo no pasa sólo por los lanzamientos”, apuntó Mariano, quien profundizó su malestar: “Deberían respetar un poco más a todos los atletas, no sólo a los lanzadores y a los saltadores. Lo que tiene que cambiar es que apoyen a los maratonistas. No por nada hoy hay seis maratonistas en estos Juegos y la mayoría lo logró por el esfuerzo personal”.

Mastromarino es un atleta que está comprometido porque no sólo cuestionó a la CADA. También ofreció una posible solución por parte de la recaudación de las carreras de calle, enfocando su plantel en que deberían ir a la Confederación para poder contar con más fondos, más recursos y todo lo que sea necesario para hacer el deporte. “El atletismo tiene que buscar generar recursos y no sólo depender del Estado”, reflexionó.

El contrapunto puede ser Braian Toledo, quien tuvo una buena performance en Rio 2016, es con sólo 22 años (y con dos Juegos Olímpicos) la gran promesa para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. De chico no era su intención el lanzamiento de jabalina hasta que llamó la atención de uno de los entrenadores, Gustavo Osorio, que lo invitó a hacer atletismo. Correr y saltar no eran de sus actividades preferidas, pero probó con el lanzamiento y en esa especialidad se destacó, tanto que Osorio lo estimuló para que se enfocara en esa disciplina.  Lo que en Londres 2012 fue una promesa, hoy es una realidad que se construyó con una preparación eficiente, entrenando entre cinco y seis veces por semana en doble turno. Llegó a Río a realizar un buen juego y lo consiguió: terminó décimo con una marca de 79,81 metros.

Quedan asignaturas pendientes: mejorar la preparación y la infraestructura deportiva en el Interior del país, hacer centros regionales de entrenamiento para que los deportistas no se distancien de su lugar y reinsertar el deporte en la escuela. Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se terminaron. Llegó la hora de trabajar.

Por Mónica Morán y Florencia Galaratti