Murió el hombre, vive la leyenda

“Imposible es la palabra que usa el débil que vive en el mundo que le dieron y no explora su poder para cambiarlo”. Parece una publicidad de una conocida marca deportiva pero, en realidad, retrata a la perfección la vida del mejor boxeador de todos los tiempos.

El pasado 4 de junio quedará inscripto en la memoria como el día en que pasó a la inmortalidad la mayor leyenda del boxeo mundial. Cassius Marcellus Clay de nacimiento, Muhammad Alí por elección, falleció, a los 74 años, víctima de una infección general derivada del Párkinson que sufría desde hacía décadas. El mejor en lo suyo, y lo suyo no fue sólo golpear.

El norteamericano derrotó a casi todo aquel que se interpuso en su camino con los puños y con las palabras, tanto arriba como abajo del ring con su estilo “volar como una mariposa y picar como una abeja”. Forjó una imagen multimediática política y social con la que generó amores y odios en extremo. Se convirtió al islamismo, cambió su nombre “de esclavo” por uno de “hombre libre” y cargó en sus hombros la lucha anti racial, por la justicia y la libertad. Su ego era tan grande como su talento, se llamaba a sí mismo “The greatest” (El más grande) y, entre otras cosas, declaraba: “cuando eres tan grandioso como yo, es difícil ser humilde”.

Una anécdota contada por él en su autobiografía describe algunas de las cosas que tuvo que vivir. Luego de haber ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, fue expulsado de una cafetería de su pueblo natal por su color de piel. Según cuenta su historia, en un rapto de rabia, que despertó su conciencia social, lanzó la medalla al río Ohio.

“No iré a tirar bombas en Vietnam mientras a los negros de mi tierra los tratan como a perros. El verdadero enemigo de mi gente está aquí”, manifestó, cuando se negó a concurrir a una guerra que no lo representaba aduciendo ser musulmán. Esta negativa, anunciada el mismo día en que defendió el título mundial frente a Sonny Liston, le trajo aparejada la quita de la licencia como boxeador y de su título mundial.

Siete años tardó en recuperar la corona luego de la rehabilitación judicial. No reclamó la devolución de la corona sino que la recuperó sobre el cuadrilátero y en la “la pelea del siglo”, venció al poderoso Geroge Foreman, con un histórico nocaut en el octavo round, ante 120.000 fervorosas personas en Zaire.

Con el tiempo consiguió la redención. Blancos y negros lo reconocieron por igual y en los Juegos Olímpicos de 1996, en Atlanta, estremeció a millones cuando apareció con su tembloroso y desmejorado cuerpo para encender la antorcha olímpica durante la ceremonia de apertura. Su llama se apagó, pero el mito y la leyenda permanecen vivos.

 

Di Nisio, Gundin, Seminara, Uscalovsky